
Ayer pasó algo que hacía mucho tiempo que no me ocurría. Un desconocido dejó un mensaje en mi buzón de voz.
Era una voz con matices, ideal para imaginar. Se percibe entre palabras cariño, culpabilidad, vergüenza y pena.
Lo veo entrado en años, con hechuras. Dejó grabado un mensaje pausado, dedicado a un nombre también desconocido para mí.
Es un trozo de historia, una despedida de un mundo que todavía resulta real, pero que la memoria va desdibujando como un pincel aguado sobre un retrato en acuarela. Le quiere, le repite, igual que si fuera su hijo, y le pide discreción, que todavía nadie sepa de sus espacios vacios. Agradece su tarjeta de felicitación de Navidad, y se excusa por si ha hecho algo de más o de menos, ya que no lo recuerda.
No lamenta su mala suerte, ni su estado actual, únicamente siente no poder conducir. Me impresionó su acento suave del sur, su voz tranquila, la aceptación y el diminutivo cariñoso con que se refiere a quien cree que está al otro lado de la línea.
Dudé en devolver la llamada, pero ¿qué le iba a decir? No marqué su número, pero tampoco he borrado el mensaje de mi buzón aunque no creo que pueda olvidarlo tan fácilmente.